miércoles, 10 de diciembre de 2008

La Fiesta Popular

miércoles, 10 de diciembre de 2008


El día de la inauguración de las fondas más reconocidas del gran Santiago, me refiero a las del Parque O’higgins, o Cousiño para los más nostálgicos, su servidor, como parte de su trabajo, no pudo hacer el quite a tan magno evento y debió, para mimetizarse, acercarse a los puestos y beber unos cuantos vasos de ese glorioso elixir que llaman chicha.


Por Juan Pedro Lührs Berger




Era 17 de Septiembre y poco había para hacer, todo el mundo fuera de la capital, excepto yo. En eso uno de mis fieles compañeros me llama para incitarme a ir, junto con otros amigos, a las archiconocidas fondas del pulmón verde de Santiago. Proposición a la que no pude negarme.

Nos subimos al “bólido” y enfilamos rumbo hacia el Parque. Cuando llegamos al pueblito vimos precios bastante accesibles (la botella de chicha valía $800), parecía que lo que decían los dueños de los locales en la tele era verdad, pero no tuvo que pasar mucho rato para darnos cuenta de que era todo un espejismo y que en los locales “pulentos”, la cosa era bastante distinta.

Fue una magra sorpresa la que me llevé al cuestionar a un funcionario acerca de cuánto valía la jarra de chicha en “Iorana”, el tipo, de forma muy educada, me dice “10.000 pesos compadrito”, a lo que no tuve más que responder con una sonrisa que le dijera “me estay weando?”. Pero el sujeto no se inmutó. Corrí espantado.

Seguimos el recorrido, había mucha gente compartiendo, uno que otro “tío” cura’o como guarisapo, pero nada grave.

Ya había pasado un tiempo prudente y no nos habíamos sentado ni nada, por lo que buscamos un aposento de manera urgente. Llegamos a un sucucho bastante simpaticón, no había mucha gente y los precios andaban bien, al menos muy por debajo de la explotadora “Iorana”.

Nos sentamos en unas sillas inestables, las que eran complementadas por una mesa con un mantel de plástico bien pegote. Comenzamos la tertulia, pedimos una jarra de chicha y la conversa fluyó.

De pronto me percato de que no quedaban cigarros, por lo que le pregunto a la “tía” que atendía, a cómo los tenía, a lo que responde: “2.500 los Derby cariño”. A esta frase siguió un enorme: “Chuaaaaa”. Pero al ver el “urgimiento nicotínico” de los contertulios, nos dice: “Ya cabros, yo les dejo unos a 1.500”. Demora unos minutos y saca de una bolsa unos finísimos “Bussines Club”, de cajetilla dorada. No había nada más que hacer y ningún precio mejor, a pesar de que siempre estuvimos claros de que nos estaba estafando de una manera desmesurada, aunque igual los compramos.


Al prender el primer “palito de cáncer”, se nos acerca una mujer de unos 40 años, claramente “carretiá”, a quien llamaremos Chimoltrufia, y nos pide fuego. Quien les habla sacó de su bolsillo una caja de fósforos y se la pasó a la “sita”. La tipa enciende su arrugado “puchito” y se queda esperando a que le hablemos o algo parecido, pero la verdad es que nadie la “pescó”, por lo que luego se retiró a un puesto un tanto más atrás.

En el grupo se conversó mucho, y se tomó también, pero lejos lo más llamativo de la noche fue el amor.
Chimoltrufia se hallaba sentada, cuando de pronto, comenzó a bailarle a un personaje totalmente desconocido, hecho que fue captado de inmediato desde nuestro ángulo.


El hombre, a quien denominaremos como Chómpiras, la abrazó y le empezó a mostrar cosas en el celular. Así también, intentó besarla sin suerte.

En el grupete no podíamos dejar de comentar lo que veíamos, comenzaron las suposiciones: “Eran amantes de antes”, “Que mina más fácil”, “Loco, es el reencuentro de unos amantes veraniegos”, etc. Hasta que uno gritó: “Cabros, ¡se la comió!”. Todos dirigimos la mirada al puesto de la retaguardia y comenzamos a aplaudir a cupido.

Chómpiraz le compró una rosa a Chimoltrufia y, al parecer, todo andaba viento en popa. Pero de la nada se inició una pelea. El hombre la echó del local, pero como ésta se negó, él salió enojado y no lo vimos más. La mujer lloraba y lloraba.


Nuestra “reina de corazones” quedó con el suyo roto.

Ante la impotencia de haber presenciado en primera fila cómo se destruía el amor, decidimos ir a ver las fondas “pulentas” por dentro.

Caminamos hasta “Iorana” y entramos, durante el primer día era gratis la entrada. La cosa no era ninguna maravilla, pero estaba la Sole Onetto y había buena música pa’ bacilar.

Estuvimos cerca de tres horas, en las que disfrutamos de los ritmos tropicales; intentamos colarnos en la tele; miramos a la gente, deporte nacional, aunque nadie lo quiera admitir y por supuesto, comimos. Todo era carísimo menos las empanadas, que valían $800. Como ingenuos y pequeños saltamontes que somos, pedimos unas reponedoras empanaditas.

Llegaron, para fortuna nuestra, pero eran un pan con cebolla.

A regañadientes nos comimos la cuestión y salimos derrotados rumbo al “bólido”.

Caminamos bastante, mientras, comentábamos el lugar y las cosas que nos habían sucedido, cuando de pronto, a la salida del pueblito, vimos algo que nunca olvidaremos.

Tapados por un abrigo, a la sombra de un pilar y entre una multitud cercana al millón de personas, vimos a ¡Chómpiras y Chimoltrufia! En plena “reconciliación”.

Decir que fue extremadamente divertido, es poco. La posibilidad de ver ESO era reducidísima, pues los reencuentro son difíciles y menos entre tanta gente. Pero lo presenciamos, y lo mejor de todo: ¡Es Verdad!.

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